Soledad Alcon




Esposa Frieiro de Nimes, Resistente

Recibí la orden de evacuar a los heridos de las Brigadas Internacionales, de pueblo en pueblo, hasta la Junquera.

Allí nos esperaban los "amables" gendarmes y guardias móviles. "Allez! Allez! Hop!" Nos trataban como a borregos.

No queriendo perder el documento de trabajadora industrial, escribí a la fábrica de Nevers para mi reincorporación. A los quince días obtuve la autorización de las propias autoridades alemanas de ocupación para reintegrarme a mi puesto. Era material de guerra lo que allí se fabricaba. Allí ya me puse en contacto con un grupo de camaradas que tenían organizados los grupos de sabotaje. Era durante el 41, como obrera calificada.

Para la conmemoración del 11 de noviembre, fecha del armisticio de la Guerra 14-18, tan sagrada para los franceses, los camaradas decidimos que debiamos celebrarla con una serie de sabotajes en la fábrica. Teníamos que paralizar el motor. Pero entonces dije: "¿Es que podemos confiar en el encargado? Nadie lo conoce, no habla con nadie. ¿Me dais vuestra confíanza?" "Pues, sí" "Entonces no sólo se parará el motor, sino el torno y será todo el taller pero sin tocar el motor". Hice una serie de 3000 piezas de la hélice de los aviones Stuckas. Yo hacía los ejes del motor. Me olía que las materias primas venían de Alemania y Francia; las doradas eran francesas, y las grises, alemanas. Estas eran más resistentes. Me di cuenta de que no había que poner la misma resistencia en las dos, pero que el error inicial venía ya del control alemán y yo seguía poniendo la misma resistencia en los duro?aluminios. Viene un control, un encargado francés pro?nazi, y yo venga a hacer gestos de descontento, como si me preocupara mucho de aquel error. "Usted no se da cuenta. Acabo de hacer tres mil piezas y son para tirarlas. ¿Quién controla esto?". El tío fue corriendo a dar parte, pero mi sabotaje quedó completamente disimulado. Así me gané, además, la confianza de la dirección. Después ya comencé por la comedia del torno. El "moyana" tiene tres dientes y daba mil vueltas al segundo; se gastaban muy rapidamente. Allí tenía un jefe de equipo formidable. Habría que contar todo lo que pudimos realizar en complicidad. Se llamaba Mr. Cailloux. Las piezas estaban defectuosas porque yo no cerraba bien el torno. Un buen día dejé flojo el torno y el "moyeux", y como si nada; dejo que la pieza se haga sola y me pongo al lado de otra obrera, en otro motor, como para pedirle algo y entonces se produjo un estampido; si me pilla allí me mata, lo mismo que a la otra, a la que, bajo pretexto de enseñarle una pieza que, según yo, estaba mal hecha, al retirarla del motor, la salvé también. A pesar del ruido de los tornos y de los mil obreros que allí trabajaban, se oyó el estruendo del motor que hice estallar.

Todo quedó paralizado por el pánico. Los obreros parando sus máquinas; los contramaestres e ingenieros precipitándose. "¿Qué pasa qué pasa?".- "¿Qué pasa? Pués que si yo no voy a dar un consejo a esta compañera, ahora ya estaría camino del cementerio, y hace quince días que me quejo del defectuoso funcionamiento de las máquinas". Era cierto que me quejaba, pero ellos no encontraban nada. La que aprovechó las constantes quejas injustificadas fui yo, pues tomé como pretexto un defecto inexistente y que yo provoqué. Se había doblado todo el torno; el banco permaneció dos meses inutilizado. ¿Ves, camarada Vidal? Ahí tienes tu once de noviembre.

Se detiene al camarada Vidal. Trabajaba en otro taller. Vinieron a avi sarme inmediatamente. "Ojo, Sole, han detenido a Vidal". Era catalán; Fernández era valenciano, como yo, un hombre de cierta edad, y tenía que alertarle a él, a todos los grupos de sabotaje que estaban dentro de la fábrica y a los del otro turno.

Empiezo a hacerme la enferma, como si me dolieran las tripas; había parado el torno, me contorsionaba de dolores. El jefe, creyendo que era a causa de los transtornos menstruales, hace que me den un vale de salida.

Fui a avisar a Rosita, que vivía con Vidal. Ya estaba avisada por una francesa. "Esconde todo lo que tengáis donde puedas".

Yo me fui a esperar a los del turno siguiente. Entonces, el primero que pasó me dio todos los nombres y direcciones para avisar.

Nombrada agente de Enlace Interregional, tenía a mi cargo la región Centro Sur. Subía a París a recibir directrices que transmitía a Blois (Loir et Cher), Orléans (Loiret), Tours (Indre et Loir), Vierzon (Cher), Nevers (Nievre), Dijon (Côte d'Or), Toller Flogny. Habia un matrimonio gallego en este pueblecito, que eran maravillosos conmigo. Los sitios que más miedo me daban eran Dijon y Flogny. Y es que tenía que tomar el tren a las tres de la madrugada, y el toque de queda empezaba a las diez de la noche; tenía que estar unas cuantas horas en la sala de espera de la estación. Pero la sala de espera era nuestro terror; era mortal pues era ahí donde más camaradas caían. Yo debe decir que en esa sala de espera sentía un miedo terrible; cinco horas de angustia. Cuantos controles; allí podias caer como el pez en la red. Podía haberme puesto a correr por la carretera general pasando por Tornesse, pero aquella carretera estaba siempre infestada de alemanes; era aún peor. Aunque el camino mucho más corto.

Para llegar a Flogny tenía que hacer 18 Km. por una departamental, pero sin alemanes. Ese trayecto lo recorría en menos de dos horas y media. Hoy, cuando pienso en los medios que empleaba como autodefensa, me río. Al llegar de Dijon tenía que esperar otra hora antes de poder circular. A las cinco de la mañana, saliendo de la estación al tomar la departamental, había unos montones de piedra. Cogía tres o cuatro piedras, me las ponía en los bolsillos, y otra la llevaba en la mano, por si se producía un ataque imprevisto. Bien me habría defendido con las piedras frente a las pistolas...

Al llegar a Orléans aquel mismo día había habido "razzia", donde cayeron veintiún camaradas españoles. Dejo mi maleta en consigna. Fui a buscarla. Estos veintiún camaradas habían sido vendidos por un español al que conociamos por "el Barbero". Nunca se pudo comprobar, pero se deducía, que por donde pasaba ese tío había detenciones. En un momento dado desapareció y yo te aseguro que lo hemos buscado después de la liberación...

Me fui a una serrería a 14 km. de Orléans, que es donde confeccionábamos todo el material de propaganda.

He conocido a la esposa de Ortega; no sé su nombre, pero sí que hacía la Resistencia. Los dos eran mutilados; les faltaba un brazo a cada uno. Eran asturianos.

¡Cuantos kilómetros he hecho a pie! Durante el día , con el ruido de la serrería, picaba el cliché, y por la noche lo pasábamos en ciclostil, y de allí a repartirlo; a veces tenía que esperar cuatro o seis días para circular.

En otra ocasión, llego a Tours y me dieron unas quinientas cartillas de racionamiento que los resistentes españoles y franceses habían sacado de la Alcaldía. Había que mantener a los cientos y cientos de clandestinos. También dábamos a familias numerosas, de la Resistencia o no, era igual. Montalbo me da en Tours esas cartillas y, en llegando a Nevers, a la salida, me veo a la bofia, "Ya está", me dije. Un tipo me dice: "Abra esa maleta", Le dije: "Mire, si usted tiene algo, me hará un gran favor, por que he perdido la llave y con la uña no puedo abrirla".- "Bueno, ¿Y una persona joven como usted no tiene miedo de viajar sola? Es que dentro de muy pocas horas ya no estaré sola .... .. A la pícara le espera su amigo, ¿Hace mucho tiempo que no le ve?".?Pues seis meses; ya estoy impaciente".- "Váyase, váyase. Hala y diviértase". Llevaba dinero, ins trucciones, cartillas de racionamiento. Si me abren la maleta...

Al salir, el que tenía que hacerse cargo de lo que llevaba me dice que no puede hacer nada; que la policía había hecho un registro, que me largue, que me arregle como pueda; han detenido a dos camaradas. "Vete, vete", y me planta. Me fui a casa de una familia española que me servía para descansar. Me puse todos los papeles en la faja y al día siguiente tenía que llevarlos a París.

Yo, cuando tomaba el tren, lo hacía donde había alemanes; los franceses no querían subir. Yo me decía:"El mejor escondite es el enemigo". Eso no quiere decir que mi corazón no se rompiera, porque entre Nevers y Dijon hacía como una vaguada entre dos montañas, y muchas veces los[ "maquis" atacaban los vagones de alemanes. En Dijon teníamos un equipol formidable. Algunos trabajaban como cocineros en los cuarteles alemanes. Tenían la cara dura de ponerles propaganda dentro de los floreros. Una vez, en cada plato habían colocado un pasquín.

Hoy te preguntas cómo es posible que hayas hecho cosas tan peligrosas con tanto miedo, pero con tanta determinación.

Así durante dos años de enlace "en tren, a pie y en bicicleta". Es que a los enlaces se nos utilizaba para todo. Un enlace no tenía más misión que transmitir órdenes y recibirlas para transmitirlas, pero, como hacía falta gente, pues transportábamos hasta armas.

No he participado en ningún combate, pero a veces me habría gustado esconderme en algunas de aquellas montañas donde nuestros guerrilleros recibían nuestro material y orientaciones.

Me fui de nuevo a Nevers. Un día vimos una columna de 2000 alemanes, que iba hacia Vierzon. Solo un grupo de 20 o 30 "maquisards" españoles y franceses les hicieron frente. Un francés y un español se plantaron en medio de la carretera con sus dos ametralladoras, y los demás, emboscados muy estratégicamente, empezaron un tiroteo tan intenso que los alemanes huyeron pensando que había cientos de combatientes emboscados. ¡Hay que decir que eran valientes los resistentes! Levantaron las manos; los desarmaron a los alemanes; se rindieron, les habían hecho entregar las armas y, cuando vieron el reducido número de combatientes que les había derrotado, se volvían locos.

En esto llegó la liberación y el nacimiento de mi hijo.

Me vine a vivir a Nimes enseguida y conocí la Chatilla y Pilar Vázquez, que habían participado en la batalla de la Madelaine.

Me cuidaron los amigos Parra, se portaron muy bien.

Se hicieron tan bien las cosas, que aun no tengo ningún papel de la Resistencia.


Si tuviera que contarlo todo... Dos años sin domicilio fijo, de escondite en escondite. La mayor parte del tiempo lo he pasado en los trenes y por caminos, más cargada que un burro. Pero no me arrepiento de nada. Fue mi venganza. No, fue la posibilidad de luchar por la Justicia y la Paz de mi Patria, tantos años pisoteada. Mi juventud fue tan rica, que ninguna fortuna del mundo le es comparable.

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