Regina Arrieta


Soy vasca, viví en San Salvador del Valle durante la guerra en Bilbao. Yo ya era miembro de las Juventudes Comunistas de San Salvador y miembro del Socorro Rojo Internacional, y más tarde ingresé en el Partido Comunista de España.

Yo siempre, desde muy niña, fui muy rebelde, las injusticias me volvían loca, me desesperaban.

Pasé a Francia cuando cayó Bilbao, escapando hacia Santander. En Francia me llevaron a Chamont, cerca de la frontera alemana, en el Alto Marne. Allí, junto con amigos franceses y españoles de la "emigración económica", trabajé para la ayuda a España, pues la guerra continuaba. Vencida la República, para todos los comunistas, para todos los antifranquistas, estaba claro que la II Guerra Mundial era inminente. En septiembre del 39 las tropas nazis invaden Francia.

Me fui a Paris a la "Caserne des Tourelles", boulevar Mortier. Era un cuartel desafectado, estaba lleno de refugiados españoles y de otros países. Aquello era una torre de Babel. En este cuartel, además, habían judios, que los alemanes empezaron pronto a llevarse a los Campos de la Muerte. Había un pabellón destinado a presos políticos, y otro que servía de pasa para los STO -Servicio de Trabajo Obligatorio en Alemania-. Desde principios de 1941, un grupo de comunistas españoles estábamos ya organizados. Entre ellos Salazar, el Vizcaíno, César, Secundina y otros muchos.

A pesar de la guerra y de tantas vicisitudes nos agrupábamos y conservábamos nuestra alegría de vivir. Teníamos una vida intensa, y a pesar de los peligros que se acercaban éramos felices porque teníamos un ideal muy arraigado y la fe intacta de nuestra juventud.

Desde el "refugio" establecimos el contacto entre el Partido y la Resistencia, con los camaradas españoles de París.

Fui nombrada agente de enlace y conectada con Yssy-les Moulineaux, con el camarada Caro. Su mujer era costurera. Yo, con la excusa de que iba a buscar costura, en la cesta de la ropa envolvía octavillas y partes que entraban y salían del "refugio". Un día llegué tarde, después del toque de queda. Me quitaron el documento de identidad de refugiada. Aquel día se había montado una guardia de gendarmes y alemanes permanente que vigilaban nuestras entradas y salidas.

Una mañana me llamó la policía para que le tradu.jera una carta en español que venía del pabellón de los presos políticos. Enseguida comprendí que se dirigía a un camarada. En aquella carta pedía ayuda, pero me di cuenta de que aquellas líneas contenían un mensaje. A los policías sólo les dije que pedía calcetines y otras menudencias. Retuve el nombre del que escribía, pero nadie de nuestra sala lo reconoció. Al día siguiente me devolvieron la documentación.

De allí tuvimos que salir, las cosas se ponían feas. Yo salí con mi hijo a vivir cerca de "Tourelles" a principios del 42. Las cosas empeoraban, cada día era más difícil actuar; a pesar de lo que se diga, al principio éramos pocos los que hacíamos la Resistencia. Fueron años durísimos, pero exaltantes. A mí me pareció que mi vida comenzó el día que pasé a formar parte de la Resistencia para luchar contra el ocupante nazi.

Los camaradas y mi esposo, Montero, salieron para la Bretaña y yo tuve que quedarme sola en París, sin medios y con mucho miedo. Me acordé de los camaradas franceses de la CGT, de Chamont, les expuse mi caso y a los pocos días recibí un giro con una cantidad que me sobró para llegar a Rennes. Como no tenía carta de trabajo, o volvía al "refugio" o aceptaba trabajar para los alemanes. De acuerdo con los camaradas, me puse a trabajar de servicio en una villa ocupada por los alemanes. Nosotros no teníamos yadio y mientras los alemanes desayunaban yo escuchaba la radio en las propias oficinas de la Kriegsmarina (Marina de guerra) y de la Gestapo. Allí también trabajaba Asunción Sánchez. Un día, uno de ellos, alto como una puerta, malo como un demonio, un tal Von Boéne, me ordenó que le limpiara el calzado, pero puesto, y me negué: bastante es que tenga que limpiarles las botas, pero no de rodillas. La cosa no tuvo consecuencias, porque para sus propios compañeros era desagradable.

Además tenía que hacer mi trabajo de enlace llevando todas las noticias que daba Radio Londres.
Me puse muy enferma, con hemorragias. En esas condiciones tuve que hacer un viaje a Nantes para llevar un paquete pesado. ¡Era un petardo! Llegué a casa de una familia española, mujeres y hombres, todos hacían la Resistencia. Allí se celebraba una reunión muy importante. Durante la noche hubo un bombardeo importante, todos se fueron al refugio, pero yo me quedé acostada. Al día siguiente enlazaba con un camarada para recoger un parte en una plaza.

Hospitalizada para la operación, se produjeron importantes detenciones. Operada de tres días, vino a verme el camarada Salazar para decirme que tenía que marcharse, y me dio un gran sobre para que lo escondiera bajo el colchón de mi cama. Yo, sin poder moverme y en peligro de que descubrieran los documentos. Hay que decir que para los graves probIemas, para las situaciones delicadas, los hombres de la Resistencia se apoyaban en el trabajo y determinación de las mujeres.

En mi casa se hacían reuniones, se confeccionaban octavillas. Tenía quy trabajar, criar a mi hijo, hacer la Resistencia. En el invierno del 43, ar, que llamamos "invierno de Stalingrado", los camaradas, para mi seguriF, dad, deciden cambiarme de aires. Pude reunirme con mi hermana Ester en el departamento de la Dordogne, pero considerando que podía representar un peligro para mi hermana, que era un punto de apoyo, me propusieron ir al "maquis". No me lo impusieron, me lo aconsejaron.

Para mí el drama fue ya constante: el tener que separarme de mi hijo. Hay momentos en que aun pienso: "¿Mi hijo no habrá sufrido demasiado por nuestra separación, no estará marcado para toda la vida?". Siempre tengo un remordimiento. Me fui al "maquis" dejando mi hijo a cargo de mi hermana. Ese "maquis" estaba camuflado como tajo de leñadores. Allí fui acogida con toda naturalidad y afecto, menos por un oficial de la Marina española Republicana, que no toleraba la presencia de las mujeres en las guerrillas. Allí se hacía carbón, pero sobre todo se escondían armas y además nuestro "maquis" servía de paso para otros guerrilleros.

Un día, mientras preparaba café, vi toda la casa rodeada de gendarmes. El motivo fue que el "Sevilla" había robado trajes, que necesitábamos para poder circular por ciudades y pueblos, en casa de un colaborador de Bergerac. Además había requisado una máquina de escribir y ésa la tenía yo en mi habitación. Detuvieron a los ocho que allí se encontraban. A los detenidos los soltaron a los dos o tres días por mediación del propietario del bosque, que tenía influencia y quería salvar a los resistentes.
De nuevo tuve que cambiar de sitio. Durante unos días estuve escondida en casa del primo de Cipriano Mera, dirigente de la CNT en una "ferme". Otra vez separada de mi hijo, me destinaron a Toulouse. Antes de marchar, mis compañeros del "maquis" me hicieron una despedida muy cálida, que me llevó a la convicción de que no sólo no había surmesto complicaciones mi presencia allí, sino que más bien había contribuido con mi sangre fría a solucionar problemas espinosos en momentos difíciles.

En Toulouse fui nombrada de la dirección de la MOL Para las autoridades significaba "Mano de Obra Internacional", pero la Resistencia lo había transformado en "Movimiento Obrero Internacional". Fui nombrada con Soriano y un camarada de Lyon. Yo protestaba porque tenía una verdadera angustia, pues no me creía preparada para tanta responsabilidad. Para mí fue el período más difícil de la resistencia.

Me incorporé al nuevo trabajo político, pero como ya había servido de enlace de guerrilleros, pues ese "sambenito" no me lo quitaron de encima. A pesar de las protestas de la dirección de la MOI continué mi doble actividad. Fui la mujer-orquesta.

Cuando conocí a Raúl, mi jefe español de la Resistencia, el material lo transportaba en una maleta de doble fondo a casa de una directora d escuela, Mme. Rocheblanc. Transportando aquí y allí, tenía que observa una serie de normas: no dormirse, no hacer calceta, estar siempre alert en las estaciones, saber dar el nombre y el domicilio de nuestr documentación.

En Toulouse me ocurrió un hecho que recuerdo bien. En la plaza Juana de Arco tenía una cita con un camarada que vestía un abrigo marrón y tenía un ejemplar de "Gregoire", periódico colaboracionista en la rnano. Me di cuenta de que tenía un acento raro. Yo le pregunto: "¿Tú no eres español?" -"No, ni francés, ¿qué interés tiene eso? "- "¡Oh! para mí ninguno, lo mismo me da que seas español, francés o alemán" -"Pues, mira -me dijo- alemán soy, y te ruego digas a tus camaradas que no has de volver más por esta plaza, que estás más quemada que Juana lo fue por los ingleses". Me quedé helada. Era un hombre alemán formidable de las Brigadas Internacionales.

Toulouse olía a quemado. Me destinaron a Lyon, capital de la Resistencia. Reclamé a mi hijo para pasar con él las últimas Navidades, quizás, y así fue hasta la Liberación. Nos hicimos una foto juntos. "Si caigo en la lucha -pensé- que tenga un recuerdo de mí".

En Lyon conocí a María, una española que tenía una tienda de ultramarinos y que era nuestro punto de apoyo. Me cuidaba todo lo que podía. Mi salud empeoraba, mi afección renal se agravó.

Como siempre, los contactos se realizaban en jardines y plazas, y siempre a salto de mata. Un día presencié un acto de barbarie en la misma plaza donde tenía una cita. Los SS acribillaron a balas a un hombre con gafas en la misma acera por la que tenía que pasar yo. Sólo por dar ejemplo. Nuestra reacción fue la de siempre: cuanto más crueles, más odiábamos a nuestros enemigos. Esto es lo que nos mantenía a pesar de las enfermedades, del hambre y del peligro constante.

La noche de la Liberación la celebramos con un grupo de resistentes, soldados y oficiales españoles de la División Leclerc.

Estas cosas te marcan para toda la vida. A veces veo películas sobre la Resistencia, y pienso que se nota que ciertos realizadores no han vivido la Resistencia. Nosotros hemos vivido cosas más trágicas e importantes.

En el fondo estoy satisfecha de mi vida. No he sido valiente, cumplí sencillamente con mi deber de comunista. Admiro a esas mujeres que no estaban tan motivadas, que dejaron su buen vivir para seguir un camino duro y difícil, como admiro a todas las muchachas y mujeres de otras tendencias políticas con las que luchamos estrechamente unidas. Pero también hemos tenido sufrimientos y decepciones, que nos han procurado algunas veces nuestros compañeros de combate. A fin de cuentas somos "auxiliares". Para ellos, los honores; para nosotras, el olvido.

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