Alfonsina Bueno Ester




de la CNT (Deportada)

Cuando empezó la guerra en España contaba diecisiete años, tenía una hija y mi marido. Soy nacida en Aragón pero he vivido siempre en Berga, venía de Lérida.

Debo decir que, ya en el 1941, y estando mi marido en el campo de castigo de Vernet Paco Ponzán Vidal, ya me utilizaba para transportar armas para el "maquis". Se ve que quiso ponerme a prueba; todo salía bien con el valencianet, y hasta un cura francés estaba enredado con nosotros. Me rogó que aceptara ir a Banyuls. Yo, agradecida porque se preocupaban para hacer salir a Ester del campo, acepté.

Me fui a Banyuls, donde viví en una casa de lujo. Allí estaba sola con mi niña. Aquella casa servía para los pasos únicamente para pasar a España o a la montaña. Han pasado generales franceses, han pasado polacos, rusos, irlandeses, de todo los países creo yo. Yo tenía que alimentarles y albergarles hasta que el paso estaba preparado.

En Banyuls lá gente empezó a murmurar. "En esta casa pasa algo". Allí se habla el catalán, y Paco me llevó también por eso, porque soy catalana y podía enterarme de cuanto se dijera; la gente creía que era alguien de la región y no una extranjera. Si alguna vez mi marido venía a verme a Banyuls, tenía miedo por mi hija y por mí, y me decía siempre: "En que lío te has metido, hija", y yo le contestaba: "¡En qué querías que me metiera si no en la Resistencia? ¿Qué hacen los dernás?". Yo ya tenía conciencia de los peligros que corría. Nos habían denunciado ya, pero como el jefe de la Gendarmería era antihitleriano, pues no sólo no cursó la denuncia, sino que además nos ayudaba. Cuando sabía que tenían que pasar grupos por el ferrocarril, él mismo se ponía al lado del control. Se llamaba, monsieur Poncet, alsaciano. Yo me entrevistaba con él por la noche, pero su mujer no sabía nada. Mi hija, con disimulo, indicaba el camino de la estación a los que pasaban los Pirineos.

Con esos hombres nunca tuve problemas; eran disciplinados, aguardaban pacientemente las cosas a pesar de que a veces tenían que esperarse un mes sin salir ni ser vistos; sólo dos belgas me pusieron en un apuro, no podían aguardar más.

Mi hija Angelina de nueve años y medio y yo íbamos a menudo a bañarnos y un día oyó como una mujeres comentaban entre sí: "¿Ves?, esta madame y su pequeña parece que hacen los pasos". Bueno, le dije a mi hija, mañana invitas a todas las chicas de tu clase. Como en aquel momento no teníamos a nadie, las dejamos jugar y circular por toda la casa. Esto por un momento despistó a la gente.¿Hasta qué punto la población no fue un poco cómplice? Banyuls es muy pequeño; lo era entonces, por lo menos. ¡Qué prudente y lista fue mi hija!

Otra tarea que teníamos que realizar, de noche, claro, era tirarnos al mar nadando, lejos algunas veces, por Banyuls, otras por Cerbére o PortVendres, y cuidado que en Banyuls es peligroso el mar, porque enseguida te quedas sin fondo, para recoger los paquetes que nos lanzaban en paracaídas; Algunas veces había comida, pero casi siempre lo que encontrábamos eran armas, y mi Angelina, nadando como una ranita a mi lado ¡Siempre la veré tan bonita, tan menudita, con su traje de baño! Con ella podía tener absoluta confianza, todo lo sabía y nunca, nunca habló; a veces, los que tenía guardados en casa se extrañaban de su seriedad. Pero Banyuls era tan pequeñito que nuestra actividad y forma de vivir denotaba demasiado claramente que algo inusitado ocurría en relación con nuestras personas y la preciosa finca que habitábamos. Ya estábamos "quemadas".

Tuvimos que dejar Banyuls e instalarnos en Toulouse. A mi marido lodetuvieron en otra casa, lo soltaron y lo volvieron a detener y lo encerraron en la cárcel Saint Michel de Toulouse, donde tantos hombres españoles fueron fusilados, y después fue deportado. Yo me dije: "Tienes que prepararte, hay que esconder a la niña". Los jefes de la Resistencia de Lyon ya daban lo que era necesario, pero Angelina andaba siempre sola por las calles. Menos mal que una mujer de Berga, de nuestro pueblo, la recogió, porque la pobre ya andaba enferma.

El día de mi detención, precisamente mi hija vino a verme. Era en febrero del 43. Llaman a la puerta con estrépito. Era la Gestapo; los esperaba; algún día tenía que caer, pero no aquel día, aquel día en que mi hija estaba conmigo... Mi pensamiento funcionó rápido para tratar de salvar a mi hija. Les dije no podrían esperar a que mi hija me trajera un poco de leche... "Acordado" me respondió el jefe, y ya en la puerta, en catalán, le digo a mi hija: "No tornis mes" (no vuelvas más).

Viendo que mi hija ya no volvería, les dije: "Bueno, ya estoy a su disposición para cuando gusten". Me llevaron a la cárcel de Saint Michel. Allí me llevaron al interrogatorio, en la sede de la Gestapo, rue de Martyrs, varias veces, pero siempre vino a buscarme el mismo SS. Él no comprendía cómo los españoles podíamos ponernos a defender a Francia después de tantas penalidades como nos hicieron pasar las autoridades de aquel país. "Que lo hagan los franceses es normal, pero ustedes, ¿por qué?

Ya no fui más interrogada. Tuve una suerte loca. Y empieza el periplo de las mazmorras hasta los campos de exterminio. Romaniville Fresnes. Fui deportada hacia Ravensbrück en mayo del 44; tenía la matrícula 32.000 (ver números de Comando en "Les Françaises a Ravensbrück"). Estuve en el block 32. Era, según nos han certificado, de las que estaban condenadas, como quien dice, automáticamente a desaparecer. Teníamos enfrente el barracón 31, donde estaba Geneviéve de Gaulle. No sé cuántos días de viaje, de un viaje atroz de vagones de bestias apretujadas, que sólo pudimos estar de pié: ¡nadie se caía al suelo si se desmayaba!

Allí estábamos como empaquetadas. Y a cada momento se paraba el tren por los bombardeos. ¡Aquello fue un desastre! Cuántas muertas llegaron o Ravensbrück, yo no sé, no sé; nos hacían saltar de los vagones a gritos y o palos; extenuadas ya por la carcel y el viaje estábamos aleladas. Nos parecía que nada era verdad de cuanto nos acontecía; era fantasmagórico, no lo puedo describir; ¡quisiera que alguien pudiera hacerlo! Llegamos a las dos de la tarde. Yo no me acuerdo de cómo pasaron los primeros momentos. Nada más llegar, alguien me dijo: " ¡Es usted española? Aquí, hace pocos días, han muerto una mujer española y su hija, muy joven, del tifus". Pero todas esas cosas están confusas en mi mente, como entre niebla.

Pasada la visita médica y transformada en un ser sin categoría ni nombre, sólo un número como se puede ser tantas piedras o peor para los nazis, tantos montones de mierda, me llevaron a la "revier" (enfermería), y junto a otras cuatro deportadas, una enfermera rusa fue obligada a inyectarnos a la vagina o, mejor dicho, en el cuello del útero, un líquido que ni ella seguramente sabía lo que era. Lo que yo sí sé, es que al salir de la maldita enfermería entre mis piernas caían unas gotas amarillas que al mismo tiempo iban quemando la piel. Es de esto de lo que tuvieron que operarme, y a causa de eso es por lo que estoy sin poder salir a la calle. Desde entonces estuve siempre enferma, muchas veces grave.

De vuelta al block, enferma o no, tenía que trabajar doce horas de noche en la fábrica Siemens, que estaba cerquita del campo. ¡Menudos negocios se traían esta firma y los SS! ... Con todo, aún cantábamos. Una noche cantaba "La Paloma" cuando veo llegar una Aufserinen, cierro el pico. "Cómo me castigará", pensé. Pero, asombrada, oigo que me dice en español: "¡Cante, cante, mujer!" - "¿Cómo habla en español?". -Yo he venido de la Argentina para ayudar a Hitler. Puede cantar "La Paloma", y yo me decía: "Menuda paloma está hecha tú, ¡pingo!"

Teníamos un encargado muy bueno, alemán, se llamaba Wal; siempre que podía calentaba los talleres para que no pasáramos tanto frío. Al pobre se lo llevaron al frente ruso, y a mi grupo a Mathausen, para exterminarnos.

Yo no pude tener contacto con nadie en el campo; el barracón 32 siempre estábamos castigadas sin motivos, naturalmente; aquello formaba parte del plan para nuestra inmediata exterminación. Los castigos consistían en no darnos la comida, en sacarnos a medianoche el domingo hasta el "Apelle", bajo la lluvia, y tenernos allí de pie. Supimos, además, que este block era destinado, como otros lugares cercanos al campo, como "Nach und Nebbel" (Noche y Niebla); todas las camaradas se extrañaban de que a un grupo del que formábamos parte Mme. Lyon y yo pudiéramos salir, puesto que no podríamos tener contacto fuera del block ni hablar con nadie, pues aquello era la antecámara de la muete. ¿Para hoy, para mañana? ¿Dentro de un mes? ¿Dentro de un minuto? Cada noche, al formar para ir al trabajo, sabíamos que al menos que se produjeran percances siempre imprevistos, aunque previstos, teníamos doce horas más de vida. ¿Quién volvería al block después del recuento de la mañana siguiente? Todas no de seguro. ¡No quiero olvidar un acto de barbarie horrendo! Yo lo he visto con mis propios ojos. Yo ví como mataban a palos a una muchacha, la hicieron trocitos. Conmigo estaba Mme. Nicolas, cuyo marido era comandante del Ejército francés, Mme. Vassoni, cuyo marido también era comandante, de Toulouse, Mme. Lyon, de la gran imprenta de Lyon (los dos murieron en deportación, marido y mujer). Hici~ mos sabotaje a pesar del miedo y del régimen tan feroz a que estaba sometido el block 32. Como era muy peligroso y muy fácil de controlar las piezas defectuosas que hacíamos y como de encontrar en nuestro puesto de trabajo el material saboteado, decidimos hacer ver no no parábamos de trabajar, pero repetíamos tres o cuatro veces el mismo movimiento y, claro la producción bajaba mucho. Nuestro objetivo era obstaculizar la producción de guerra. 

Sabíamos que nuestro block estaba condenado a desaparecer, pero haríamos la resistencia hasta el último momento. Si nos hubieran descubierto nos habrían torturado y ahorcado, lo sabíamos. Pude hablar con una española maña, al pasar junto a ella, pero así, cruzándonos rápido. " ¿Eres española? ". ? " Sí, de Aragón y estoy con mi hija de trece años???. El día en que me pusieron la inyección en la 1 6revir? vi desde una ventana, mientras esperaba el turno, como esta maña y su hijita entraban por el corredor que conducía a la cámara de gases y,de allí ya directamente pasarían, como todas, al horno crematorio. Todo estaba bien combinado: enfermería, enfrente la cámara de gases, más horno crematorio. Qué horror el humo, las llamas y el olor que salían de esas fatídicas chimeneas, que no paraban ni de día ni de noche. Noche y día nuestras camaradas desaparecían a un ritmo infernal y una se preguntaba: "¿De qué color será la llama que me consumirá, será ocre, azulada, amarilla? La mía será rojo vivo, seguramente".

Así también desapareció mi amiga Lyon; su hija Símone estaba deshecha, ella que no se había casado por no dejar a su madre. "¿Qué voy a hacer sin mí madre, Alfonsína, qué voy a hacer?"

A mí me salvó una alemana que había vivido en España. Pero siempre me decía: "De aquí no saldrá nadie vivo, ninguna saldrá de aquí".

Cada día estábamos más depauperadas, veíamos más cercano nuestro fin, pero ¿en qué condiciones? Vivíamos como autómatas, no comprendíamos más que los gritos, no oíamos más que quejidos y súplicas, el ruido sordo y seco de los pálos, los perros que aullaban y el "tacatac" de las ametralladoras. Vivíamos angustiadas, desesperadas, ¿teníamos reacciones de humanos?

Aguantar, aguantar. Siempre en lo más íntimo de nuestro corazón brillaba una lucecita débil de esperanza! pero tan débil! ... Cuesta aceptar morir como una bestia, ¿verdad? Hay que confesar que muchas estábamos desmoralizadas, por lo menos en el block 32 (Block "Noche y Niebla").

En Ravensbrück las únicas -¿usted se se ha fijado?- que plantaban cara eran las soldados rusas.
Cuando llegaron al campo se formaron militarmente en la Apelle Platz (plaza donde nos pasaban revista mañana y noche) para demostrar que seguían siendo combatientes. Pero cómo se ensañaron con ellas, con el odio que los alemanes tenían a los rusos (ver Nina Kiforonova. "Nunca jamás eso!").

Nuestra "blockova" era alemana; hacía diez años que estaba detenida, desde que Hitler subió al poder. A su marido los hitlerianos le hicieron aplastar la cabeza por una pata de elefante. Con nosotros se portaba bien, gritaba para disimular ante los SS, pero eso era todo, era buena de verdad. Siempre estaba de mal humor, andaba coja, no había vuelto a saber nada más de su hijo. Hacia final de la guerra nos llevaron a Mathausen. Allí mataron a mi padre y mi hermano. Allí murieron padre e hijo de los Lyon. tramos un grupo denominado "Nach und Nebbel" (Noche y Niebla). Por lo visto habían llevado grupos de éstos de distintas partes, pero eso no fue fácil de averiguar. Llegamos allí para ser exterminadas y para presenciar nuevos horrores. Mathausen era uno de los peores campos, tan malo como Ravensbrück.

Tuvimos que trabajar en la cantera y subir los peldaños con las piedras de 40 kg. a pulso, y las que éramos jóvenes, aún, ¡pero las pobres viejecitas! Yo he visto echar a tres deportadas al fondo de la cantera con la piedra en sus manos después de quedar agotadas, porque no iban lo suficiente deprisa.
Otro caso de barbarie que quiero denunciar: al salir del campo, a un lado de la cantera, hacia la izquierda, cerca de la fatídica escalera, vi como una rueda de carro a plano sobre un eje. A aquella rueda estaban atados cuatro deportados rusos con las piernas cortadas por encima de la rodilla; lo que les quedaba de pierna, sólidamente atadas para que no se desengraran, y tenían que dar vueltas sin parar, como en una noria, día y noche sin comer ni beber y recibiendo latigazos. Yo no sé cuantas horas durarían, y no exhalaron ni una queja, ni un grito, ¡sólo sus ojos expresaban el martirio que sufrían, qué miradas! Yo he llorado a mi hermano y a mi padre muertos allí, pero aún he llorado más a la vista y el recuerdo de estos cuatro héroes rusos; jamás, jamás podré olvidarlos. Después de esto los "Apelle" de dos y tres horas de pie, los palos y tantos castigos, el hambre, el trabajo, todo esto ya formaba parte de lo normal en nuestra vida de condenadas. Verás los grupos de hombres y mujeres que los dirigían a la cámara de gases cotidianamente. Apalear a un hombre hasta la muerte, los gritos y las carreras para esconderse entre la multitud de aquella inmensa Apelle Plazt de Mathausen. Cuántos quedaban muertos allí después de la consabida sesión de castigo tan predilecta de nuestros verdugos. Dejar a los deportados horas y horas de pie. Aunque, en etianto a mí se refiere, estuve más veces castigada aún en Ravensbrück.

Podría decir más cosas, pero hasta el horror y sus inmensas variedades se hacen monótonas. Sin embargo, sería necesario que todo se supiera, pero eso es imposible: es que nadie podrá decir los sufrimientos y torturas de las que perecieron en las celdas de la cárcel de Ravensbrück. ¿A qué martirios habrán sucumbido? Ellas no podrán jamás testimoniar de haber vivido el horror del horror.

Después de treinta años sigo sufriendo a causa de los experimentos a los que me sometieron en el campo. He pasado muchas meses en los ho pitales. Perdía la salud y la juventud. Dependo en gran parte de los d más. Los médicos y los amigos me han cuidado. La FNDIPRP ha defendido todos mis derechos, perol mi vida personal está deshecha. Pero lo digo, no me arrepiento de nada. Moralmente soy como siempre fui: antifascista, amante de la Paz y de la Libertad.
Toulouse, diciembre 1975

Fue condecorada con las más altas distinciones del Ejército USA, Inglaterra y Francia.


Murió en 1979 en trágicas condiciones.

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